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Día 27-El gozo del silencio en la Pascua

Viernes de la Tercera semana de Pascua

Propósito




ORACION INICIAL


Señor mío y Dios mío
Dios de la salvación renovada de generación en generación, resucita en nosotros todo lo que es muerte y lejanía de ti, danos vida y actitudes de resucitados contigo y haznos testigos de tu reino
entre los hombres, por el amor, la justicia y la paz.

Pon sabiduría, Señor, en nuestro lenguaje, pon ternura en nuestra mirada, pon misericordia en nuestra mente que hace juicios, pon entrega y calor en nuestras manos, pon escucha en nuestros oídos para el clamor de los hermanos, pon fuego en nuestro corazón para que no se acostumbre a sus carencias y a su dolor.

Quédate con nosotros, haznos gustar el pan del evangelio, deja que en el camino, mientras vas con nosotros, se nos cambie la vida... Y envíanos de nuevo, audaces y gozosos, para decir al mundo que vives y que reinas, que quieres que el amor solucione las cosas, y cuentas con nosotros.

Y que Tú vas delante, como norte y apoyo, como meta y camino, hasta el fin de los días.


MEDITACION
El gozo del silencio en la Pascua



Jackie Moyeno
Oficina para el Culto Divino de la Arquidiócesis de Chicago
La alegría de escuchar las campanas resonar en este tiempo de Pascua, el agua que se escucha caer en las pilas bautismales, el cirio Pascual que marca la luz de un nuevo amanecer, de una nueva vida son todos signos clave, signos claros del gozo que se siente dentro del silencio en la Pascua. Nuestro corazón se transforma, no lo vemos, no lo escuchamos pero lo sentimos palpitar. Así es la Pascua, Cristo transformó el sufrimiento, la muerte, la tristeza y el dolor en la alegría de la Resurrección.

Nosotros tenemos un día tras otro y cada día debe comenzar con el resplandor del amanecer de una nueva Resurrección. Cada día es un paso para transformar nuestros dilemas en la esperanza de vivir el gozo en el silencio de la Resurrección. Sí, se vive, se siente y se hace trasparente a través de nuestras actitudes.

La Pascua nos invita a morir a todo lo que nos aleja de Dios y diariamente nos autoanalizamos para ver cómo se manifiesta Dios en nuestras vidas. La Resurrección que celebramos dentro del Triduo Pascual no es un evento anual, es una enseñanza que se adquiere con práctica, dedicación, oración y fe. En los relatos de las lecturas dentro del Triduo Pascual, podemos ver la transformación de los discípulos de Cristo. Ellos temían su propia muerte, se escondieron, hubo negación, y además algunos quedaron defraudados porque pensaban que ya todo había terminado. La Resurrección de Cristo no fue un evento escandaloso, ni era una aparición explosiva que se le reveló a Pilatos, a los fariseos, ni a la muchedumbre. Este evento no ocurrió en un escenario en donde el cielo se abrió y el mundo quedó boquiabierto, sino que vino en el silencio de la madrugada, transformando los corazones de los discípulos hasta ese momento mistagógico en el Pentecostés.

Ellos comenzaron a vivir y ver una nueva vida sin el temor de la muerte. Esto no significa que ellos abandonaron su humanidad. ¡No, en lo absoluto! Ellos mejor que nadie conocían los riesgos que se les presentaban al comenzar a vivir la Resurrección de Cristo en un mundo lleno de leyes injustas, y en una época con un gobierno abusivo en todos los sentidos humanitarios.
La Pascua es la luz libertadora que no permite que vivamos en la oscuridad y nos conduce al ardor de Pentecostés. Es como los primeros pasos de un infante. Hay ocasiones que nosotros vemos a ciertas personas que están pasando por unos momentos difíciles y comenzamos a cuestionarnos, ¿Cómo le hace? Tantos problemas y siempre se mantienen con el buen sentido del humor y atento o atenta a los demás. La opresión de nuestras vidas no debe ser un silencio devastador, nos debe conducir a un silencio dentro de la experiencia redentora que nos ayude a transformarnos y ser el Evangelio vivo para los demás.

La Iglesia que vive en la luz de la Pascua proclama que Dios ha intervenido con el poder de su brazo y transforma el curso de la historia y que Dios es fiel a la alianza prometida. La salvación y la libertad de los hijos e hijas de Dios es posible porque Él está cerca de nosotros, nos ha aceptados como hijos e hijas y nos concede participar en la muerte y en la Resurrección de Jesús. Este es el simbolismo del agua, la gracia que recibimos en el bautismo. Dios se ha revelado como amor infinito, como la luz que disipa las sombras de la vida y es la noticia que nos da a conocer la Iglesia en la Vigilia Pascual y en todos los cincuenta días que dura el tiempo pascual. Rm. 6,3-11 La carta a los Romanos es una epístola muy enriquecedora que fortalece nuestra fe. “Todos los que hemos sido bautizados en Cristo hemos sido sepultados con Él en la muerte, para que como Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros podamos caminar en una vida nueva”. La inmersión del bautismo es un símbolo que nos recuerda que toda aquella vieja persona queda hundida en el agua, es una representación que nos ayuda entrar en la conciencia que nacemos a una vida nueva a través de la misericordia del Señor.

El misterio pascual es un misterio silencioso y una realidad eficaz en cada uno de nosotros por el bautismo que nos une a Cristo, a su muerte y Resurrección. El bautismo también recuerda la renovación y la expresión viva del Espíritu que nos provoca a mover montañas y que nos viene por medio de Jesucristo: Si contemplamos todas las aguas que surgieron desde el principio del mundo por las manos de Dios, y cómo es que las aguas desembocan unas a otras sin principio ni fin y son el flujo que dad vida a toda la creación, son como la madre que sostiene en el flujo de su matriz a esa criatura nueva que vendrá a la luz cuando sea el momento oportuno, entonces de esta misma manera podemos ver que del agua bautismal nace una humanidad nueva, por Jesucristo. La Pascua significa para nosotros: estar vivos para Dios en Cristo Jesús.
Paz
ORACION FINAL

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

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